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domingo, 19 de abril de 2020

Las amapolas florecen sin mí.

Las amapolas florecen sin mí. Eso es lo único que puedo decir.

Aunque, pensándolo bien, quizá sea demasiado pretencioso decir que las amapolas florecen sin mí: ¿acaso, alguna vez, las amapolas han necesitado a alguien más para florecer? Pues claro que no; en todo caso, ellas florecen, y yo... Yo las observo desde bien lejos.



Durante este confinamiento, yo también estoy floreciendo, aunque lo estoy haciendo a otros niveles. Han pasado muchas, muchas cosas desde que escribí aquí por última vez.



Para empezar, terminé de ilustrar Sunny's magical headband, de Elisavet Arkolaki, para Faraxa Publishing. Aún no ha sido publicado, por razones coronavíricas; sin embargo, espero que pronto pueda ver este precioso cuento en mi estantería.



También ilustré No Ordinary Horse para Purple Squirrel World... ¡Y se ha publicado! No sabéis la ilusión que hace ver que tus esfuerzos, finalmente, han dado su fruto.




Además, tuve la suerte de encontrarme por el camino con dos proyectos más: por un lado, está Las Rabietas de Lois, de Alejandra Campo y Noemia Álvarez, un cuento muy dulce que tiene como objetivo transmitir el valor de la empatía, y que será editado por Babidi-Bú. ¡Espero que el coronavirus no retrase su edición!


Por otro lado, tenemos The perfect Lullaby, un poema que combina las nanas más famosas de la lengua inglesa y se transforma en la canción de cuna perfecta para los recién nacidos. Su autora es Brittany Plumeri, que tuvo a bien elegirme para ilustrar este proyecto de la mano de Bear with Us Productions.


Así pues, y después de todo, puedo concluir en que tengo suerte, mucha suerte. A pesar del confinamiento, no me he quedado quieta, ni he pulsado el botón de pause. La vida continúa, y con ella, mis ganas de seguir ilustrando.

viernes, 25 de octubre de 2019

Autoexigencia

¡Buenas tardes!

Hoy vuelvo al blog con un tema que todos los creativos parecemos tener en común al principio (y en medio, y al final) de nuestra carrera: la autoexigencia, es decir, la evaluación crítica que hacemos de nosotros mismos y nuestros logros constantemente... eso sí, de manera más bien catastrófica.


Imagínate. Te sientas frente al escritorio para empezar con un nuevo encargo. De repente, te entra mucho, mucho pánico, pero, ¿por qué?... Porque quieres que todo sea perfecto. Quieres tener una idea genial, que el lápiz fluya por tus dedos, que los bocetos se acepten a la primera, que no tardes prácticamente nada en colorear, ni en hacer cambios, ni en entregar el producto final. Quieres hacerlo todo en un santiamén y con un nivel de impecabilidad incuestionable. Te has marcado unos objetivos que cumplir, y no hay prácticamente tiempo que perder.

¿El resultado real? Bloqueo, ansiedad, estrés. Dolor físico, de muñeca o de espalda. Sentimiento de culpa y malestar general por no poder hacer lo que tienes que hacer, siendo más que capaz. Te has exigido tanto a ti mismo que, al final, no estás disfrutando del dibujo ni del proceso creativo, si bien has escogido esta profesión porque crear es lo que más te gusta en el mundo.

Pero, ¿de dónde viene esa exigencia, por qué nos exprimimos tanto a nosotros mismos, y no dejamos que, por ejemplo, el jefe de otra empresa lo haga? Ahí está el quid de la cuestión.

En sí, la autoexigencia no es una cualidad negativa, ya que esta tiene como fin hacernos crecer a través del cumplimiento de nuestros objetivos y el análisis que hacemos de los mismos. La autocrítica es necesaria para detectar nuestras flaquezas y trabajarlas, además de para ponernos nuevas metas que superar, tanto desde un punto de vista personal como desde un punto de vista profesional. Así pues, la autoexigencia bien llevada, se puede convertir en nuestra aliada.
El problema se presenta cuando la autoexigencia se convierte en autoexplotación. Esta última deriva, desde mi punto de vista, de una serie de deseos:


  • Del deseo de querer ser profesional. Buscas agradar a tus clientes en todo momento y al ciento por ciento, por ello, te marcas un ritmo de trabajo exasperante, para así cumplir con unos estándares que, en realidad, nadie te ha pedido cumplir.
  • Del deseo de demostrar (tanto a tu entorno como a ti mismo) que puedes con todo, que puedes vivir de dibujar. La creencia de que las personas creativas moriremos alcoholizadas y sin recursos (a lo Mackintosh) te ha dejado huella, de ahí que te hayas prometido derribar ese mito: trabajando sin descanso, llegarás a tu objetivo mucho más rápido y, por supuesto, con éxito.


Este cóctel de anhelos suele aderezarse con fijarse metas irrealizables, pensamientos obsesivos y tendencia a querer ser siempre productivo: finalmente, lo que acaba pasando es que nuestra preciada bebida acaba derramada por la mesa, acompañada de un enorme sentimiento de culpabilidad y el uso de un lenguaje peyorativo hacia nosotros mismos ("no sirvo para esto", "no soy lo suficientemente bueno/a", etc....) por no ser capaces de tener el control.

Por tanto, podemos concluir en que la clave de la autoexigencia no es la de convertirnos en superilustradores, ni en machacarnos, ni explotarnos; más bien, la clave ha de ser motivarnos y hacernos crecer. Para ello, es importante mantener los pies en el suelo, ser conscientes de lo que podemos dar y entrenarnos día a día para evolucionar. La inmediatez no existe en esta profesión (ni en casi nada en esta vida, me atrevería a decir): siempre hay un proceso de trabajo que seguir, unos deberes que hacer y algunos obstáculos que sortear. Por desgracia, los atajos y las prisas sólo sirven para hacernos dar un par de pasos hacia atrás.

Recordemos, además, que las personas creativas somos tremendamente sensibles. Funcionamos según la gestión de nuestras emociones, por lo que hay que tratar de tener siempre una actitud alegre, o al menos, un estado anímico que nos permita mantener el foco en crear. Para ellos, podemos probar a programar nuestra mente para tratarnos bien a nosotros mismos, incluso cuando el síndrome del impostor nos aceche y sintamos que no valemos: si dibujamos o creamos es porque disfrutamos con ello, porque nuestro fin profesional es sentirnos realizados (y si nos pagan por ello, ¡tanto mejor!).

Así pues, no seamos tan duros ni exigentes con nosotros mismos. No nos saboteemos, ni nos pongamos la zancadilla. Disfrutemos de nuestro talento como lo hacen otros artistas: es nuestra mejor baza, hay que saber aprovecharla.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Mercadillos de arte: ¿sí o no?

¡Buenas tardes! ¿Qué tal ha ido la semana?

Para mí, esta última semana ha sido un poco de locura: por un lado, estuve en Madrid en la Feria de editores LIBER (de la que os hablaré un poco más adelante), y por otro, pasé el fin de semana participando como expositora en el mercado medieval del pueblo donde vivo. Precisamente os quiero hablar de este último tema: los mercadillos. Como ilustradores, ¿merece la pena participar o no?.





Bien. Es cierto que esta cuestión puede resultar un poco vaga, ya que la respuesta depende fundamentalmente de dos factores: del tipo de mercadillo en el que quieras participar, y, aún más importante, de tu objetivo, es decir, por qué quieres participar.

Como ilustradores, debemos tener en cuenta que el género que llevamos para comerciar no suele ser el típico de los mercadillos de artesanía: rara vez encontraremos puestos en los que se vendan láminas o postales, mientras que sí que encontraremos muchos de bisutería, ropa o comida. Normalmente, el público que asiste a este tipo de eventos espera encontrar productos baratos, por lo que difícilmente generaremos beneficios a partir de nuestras ventas. Además, no todo el mundo sabe lo que es la ilustración o lo que significa ilustrar (al menos en España), por lo que tampoco comprenderán qué es lo que estamos exponiendo o el valor real que se esconde tras nuestro trabajo.
Por esto que acabo de escribir, bien puede parecer que los ilustradores lo tenemos todo a la contra, y que no vale la pena correr el riesgo. Sin embargo, pienso que hay que animarse y que hay que apuntarse a este tipo de aventuras, y ahora te voy a argumentar los por qués:

- Los mercadillos son un escaparate excelente. Es una manera de dar visibilidad a nuestro trabajo y, por consiguiente, a la profesión: por lo tanto, no sólo sirven para mostrar lo que somos capaces de hacer, sino que también ayudan a educar a los asistentes y enseñarles que se puede vivir del dibujo de manera profesional. Gracias a la presentación de tus productos, pondrás en valor al resto del gremio y acabarás, poco a poco, con la creencia de que los creativos no tenemos futuro.

- A través de estos eventos, recibirás una opinión directa por parte del consumidor de tu obra. Por desgracia, y como ya sabrás, la ilustración es una profesión tremendamente solitaria: nos pasamos horas y horas trabajando en un dibujo, encerrados, sin hablar con nadie, lo que en ocasiones puede hacernos perder el foco sobre lo que estamos creando. Pienso que es positivo saber lo que los demás piensan sobre nuestro trabajo, al menos hasta cierto punto. Cuando tienes una paradita en un mercadillo, es fácil detectar quién es tu público y qué es lo que le gusta: ¿tu público es femenino o masculino?, ¿les interesa más tu trabajo analógico, o el digital?, ¿te compran más postales, o quizá más fanzines?... Esta criba te ayudará a seguir evolucionando como creativo y te dirigirá hacia el buen camino.

- Los mercadillos no sólo están ahí para conocer a clientes potenciales, sino también a otros colegas artistas o artesanos, y por consiguiente para aprender de ellos. Siempre habrá algo de tu vecino de parada que puedas aplicar en tu vida, ya sea profesional o personal: sacarás ideas para concebir  productos nuevos, conocerás formas de exponerlos, te dirán dónde conseguir expositores o cómo crearlos tú mismo, etc.. A veces, simplemente una pequeña charla servirá para conseguir un nuevo contacto.

Como te decía antes, los mercadillos al uso (de artesanía o medievales), no suelen reunir las condiciones idóneas para generar ingresos con nuestro trabajo como ilustradores: esto no quiere decir que no vayas a vender nada de nada; simplemente, lo tendrás un poco más difícil que el resto de tus compañeros. Sin embargo, para que no te desanimes, quiero que sepas que existen otro tipo de eventos en los que los ilustradores son más que bienvenidos: me refiero a los mercados de dibujo o, directamente, mercados de ilustración.



En este tipo de mercados, los ilustradores nos movemos como peces en el agua, ya que lo que se busca precisamente es generar un espacio donde podamos exponer nuestras obras, intercambiar opiniones, conocer a colegas de profesión y, por supuesto, vender parte de nuestro trabajo a un público que, en su mayoría, conoce el mundo de la ilustración y es partícipe del mismo. Siempre es interesante acudir a esta clase de citas, ya que también suelen asistir otro tipo de creadores que se nutren de la ilustración, como por ejemplo escritores, animadores, etc.. ¡Nunca viene mal que se lleven a casa una de tus tarjetas de visita!.

En la foto, estoy en un Mercadillo de ilustración que se celebra de manera puntual y espontánea en el Gastrobar Mastropiero, en Cáceres. Aparte, existen otros mercadillos y eventos a los que, si se puede, no se debería faltar en calidad de expositor, tales como el mercadillo de dibujo Mazoka (al que espero ir antes de que termine el año), el Salón del Cómic de Barcelona, etc..

En conclusión, y siempre desde mi opinión personal, nunca está de más apuntarse a cualquier mercadillo de arte o artesanía que se nos presente. De hecho, considero que hay que procurar participar, pues nunca sabes quién puede cruzarse en tu camino. No sólo te lo pasarás pipa, sino que también le darás visibilidad a tu trabajo, lo venderás, y aumentarás considerablemente las probabilidades de que te contraten para cualquier trabajo futuro. A fin de cuentas, de lo que se trata es de disfrutar, y os aseguro que en los mercadillos se disfruta mucho. A pesar de que puede resultar muy cansado, siempre volveremos a casa con una sensación de lo más gratificante. ¡Os lo garantizo!